viernes, 22 de mayo de 2009

LOS EX-CÉNTRICOS

Yo sí tengo algo contra los travestidos. Me cae muy mal que se vistan y se maquillen para tratar de engañarme, para mostrarme una realidad que en realidad no lo es. Si tienen gustos que no son los heterodoxos, no les pierdo el respeto. Pero si tratan de maquillar sus gustos, de disfrazarlos de heterodoxos, levanto la guardia ante la posibilidad concreta de traición. No creo que a ningún heterodoxo le guste verse traicionado por un travestido. No creo que a nadie que practique el pensamiento nacional, le guste desilusionarse cuando estos travestidos políticos lo quieren hacer sujeto y objeto de sus desviaciones, que en el caso de la política sí lo son.
Muchas veces, a estos travestidos los hemos definido como “progres”. Desde la derecha, inclusive, hasta les crearon un limbo que los contuviera, una especie de “zona roja” que los diferenciara de los “zurdos”. Ese limbo se llama “centro” y el “centro” es el lugar de los maquillados y los disfrazados. Pero debemos tener en claro que para disfrazarse o maquillarse de izquierda o de “progre”, hay que ser de derecha. Más claro: no son tipos o tipas de izquierda que en determinada coyuntura tomas una posición equivocada. Son viscerales de derecha que pretenden engañar a gente de izquierda y a incautos y a la vez congraciarse con los de su propio y oculto palo.
¿Quién no sintió alguna vez admiración por las posturas que en determinada coyuntura pudo haber tenido alguien a quien a partir de ese momento consideró como “progre”? ¿Quién no se desilusionó alguna vez con las conductas políticas de alguien a quien consideraba “progre”? ¿Para qué lado desilusionan los “progre”, para derecha o para izquierda? ¿Qué “progre” no se considera “de centroizquierda”? ¿Ocupa la “centroizquierda” un lugar dentro de lo que es el pensamiento nacional? ¿Los indefinidos como “progres”, a quien terminan siendo funcionales?
Después de muchas desilusiones y de responderme todas estas preguntas, llegué a una conclusión: no los voy a volver a llamar “progres”, como tampoco me voy a dejar engañar por esa categoría que les adjudica la derecha al definirlos como de “centroizquierda”. Nada de centro. Para mí, son ex-céntricos. Tanto por el lugar que casi me convencen que ocupaban, como por su condición de maquillados y travestidos que sin duda pretenden exhibir como una excentricidad.
Muchos son irrescatables. Casi diría que todos. Los ex-céntricos son propensos a prenderse al discurso reaccionario dándole un toque intelectualoso. Después, cuando la realidad les pasa por encima, no tienen la misma propensión para reconocer sus errores. Prefieren una mentira como justificación y así se vuelven a travestir. Para cualquier ex-céntrico sería muy humillante, vergonzoso, aceptar que estuvo hablando pavadas.
Vayamos a un ejemplo: Si Pino Solanas, que se define bien de izquierda, sin nada de centros, decidiera un buen día regresar al campo nacional y popular ¿de qué debería disfrazarse (travestirse) después de asumir como propias y divulgar construcciones peyorativas que elaboraron los ideólogos de la restauración conservadora contra Cristina y Néstor? ¿Le daría la cara, sin maquillaje, para decir “me equivoqué fulero”? ¿Le permitiría su propia vergüenza, su orgullo burgués, admitir su error?
Yo creo que no, pero la verdad, es que me alegraría mucho equivocarme.
Algo similar se podría decir de Claudio Lozano. El llevó su travestismo ideológico a límites increíbles. En el escenario de la política, muchos grandes cultores del pensamiento nacional lo entronizaron para sí como a un verdadero hombre de izquierda. Son los mismos que hoy, muchos hasta con lágrimas en los ojos, lo reconocen como traidor. Y es doloroso sentirse traicionado en la esperanza.
Hay otros cuyos pensamientos también terminan siendo públicos, pero que aparentemente juegan desde un lugar distinto. En esta categoría se ubican, por ejemplo, las voces de los medios. Ellos actúan a nivel masivo básicamente sobre los necesitados de esperanza. Son los sembradores de mensajes destituyentes, los calumniadores. Son los que incitan, por ejemplo, a señoras de clase media que hacen una cuestión de Estado de la marca de cartera o zapatos que usa la Presidenta de los argentinos. En función de su irrazonamiento, estas personas determinan que por esa cuestión “el país se está cayendo a pedazos” y que “los K son lo peor que nos podría haber pasado”. Imposible encontrarle un hilo conductor a estos pensamientos. Lo único que los puede generar es el discurso de un ex-céntrico. No es Mariano Grondona la persona indicada para señalar que una cartera italiana es síntoma de corrupción o de degradación moral. Si lo intentara, a la primera que debería rendirle cuentas a es su propia esposa. Eso lo tiene que hacer un ex-céntrico. Alguien travestido con un poco de maquillaje de izquierda. Sólo él llega impune a esos rincones de la mente de esa señora de clase media donde anidan el rencor, la envidia y la irracionalidad.
Pero esa señora, o señor, de clase media, el día que tome conciencia de su irracionalidad, puede dejar de hablar del tema. Puede comenzar a guardarse sus opiniones, puede dejar de figurar en las encuestas, no tiene necesidad de exponer su vergüenza por los dichos del pasado. Puede conciliarse con su conciencia en la intimidad del cuarto oscuro. Pero los otros los ex-céntricos conocidos, carecen de esas facilidades que da el anonimato. Por una cuestión de orgullo, lamentablemente son irrecuperables.
Siempre existieron los ex-céntricos, lo malo es que en estos días parecen proliferar como en una pandemia.
La única vacuna contra este virus, es el pensamiento nacional. Pensar en argentino, como dice Norberto Galasso. Lo difícil es convencer a los afectados para que se apliquen la vacuna. Lo difícil es aceptar que no tenemos otra manera de sanarlos.
Ponerlos en cuarentena, sería antidemocrático.

Enrique Ruiz
Enviado por Daniel Chiarenza

2 comentarios:

CASPA DE MALDITOS dijo...

Me estas queriendo decir que Claudio Losano es trabuco?!?! Mirá vos...

MONA dijo...

Nooo... que son "travestidos" de lo que no son... igual que los travestis, pero en sentido político. Parece que ni los unos ni los otros son del gusto del autor... jeee...