Discurso del Excelentísimo señor
Presidente de la Nación, general Juan D. Perón
No me consideraría con derecho a
levantar mi voz en el solemne día en que se festeja la gloria de España, si mis
palabras tuvieran que ser tan sólo de halago de circunstancias o simple ropaje
que vistiera una conveniencia ocasional. Me veo impulsado a expresar mis
sentimientos porque tengo la firme convicción de que las corrientes de egoísmo
y las encrucijadas de odio que parecen disputarse la hegemonía del Orbe, serán
sobrepasadas por el triunfo del espíritu que ha sido capaz de dar vida
cristiana y sabor de eternidad al Nuevo Mundo.
No me atrevería a llevar mi voz a los
pueblos que, junto con el nuestro, formamos la Comunidad Hispánica, para
realizar tan sólo una conmemoración protocolar del Día de la Raza. Únicamente
puede justificarse el que rompa mi silencio la exaltación de nuestro espíritu
ante la contemplación reflexiva de la influencia que para sacar al mundo del
caos en el que se debate puede ejercer el tesoro espiritual que encierra la
titánica obra cervantina, suma y compendio apasionado y brillante del inmortal
Genio de España.
Al impulso ciego de la fuerza, al
impulso frío del dinero, la Argentina, coheredera de la espiritualidad
hispánica, opone la supremacía vivificante del espíritu.
En medio de un mundo en crisis y de
una humanidad que vive acongojada por las consecuencias de la última tragedia e
inquieta por la hecatombe que presiente, en medio de la confusión de las
pasiones que restallan sobre las conciencias, la Argentina, isla de paz,
deliberada y voluntariamente, se hace presente en este día para rendir cumplido
homenaje al hombre cuya figura y obra constituyen la expresión más acabada del
genio y la grandeza de la raza.
Y a través de la figura y de la obra
de Cervantes va el homenaje argentino a la Patria Madre, fecunda, civilizadora,
eterna, y a todos los pueblos que han salido de su maternal regazo.
Por eso estamos aquí, en esta
ceremonia que tiene jerarquía de símbolo. Porque recordar a Cervantes es
reverenciar a la madre España; es sentirse más unidos que nunca a los demás
pueblos que descienden legítimamente de tan noble tronco; es afirmar la
existencia de una comunidad cultural hispanoamericana de la que somos parte y
de una continuidad histórica que tiene en la raza su expresión objetiva más
digna, y en el Quijote la manifestación viva y perenne de sus ideales,
de sus virtudes y de su cultura; es expresar el convencimiento de que el alto
espíritu señoril y cristiano que inspira la Hispanidad iluminará al mundo
cuando se disipen las nieblas de los odios y de los egoísmos. Por eso rendimos
aquí un doble homenaje a Cervantes y a la Raza.
Homenaje, en primer lugar, al grande
hombre que legó a la humanidad una obra inmortal, la más perfecta que en su
género haya sido escrita, código del honor y breviario del caballero, pozo de
sabiduría y, por los siglos de los siglos, espejo y paradigma de su raza.
Destino maravilloso el de Cervantes,
que al escribir el Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha,
descubre en el mundo nuevo de su novela, con el gran fondo de la naturaleza
filosófica, el encuentro cortés y la unión entrañable de un idealismo que no
acaba y de un realismo que se sustente en la tierra. Y además caridad y amor a
la justicia, penetraron en el corazón mismo de América; y son ya los siglos los
que muestran, en el laberinto dramático que es esta hora del mundo, que siempre
triunfa aquella concepción clara del riesgo por el bien y la ventura de todo
afán justiciero. El sabor de «jugarse entero» de nuestros gauchos es la empresa
que ostentan orgullosamente los «quijotes de nuestras pampas».
En segundo lugar, sea nuestro
homenaje a la raza a que pertenecemos.
La raza: superación de nuestro destino
Para nosotros, la raza no un concepto
biológico. Para nosotros es algo puramente espiritual. Constituye una suma de
imponderables que hace que nosotros seamos lo que somos y nos impulsa a ser lo
que debemos ser, por nuestro origen y nuestro destino. Ella es la que nos
aparta de caer en el remedo de otras comunidades cuyas esencias son extrañas a
las nuestras, pero a las que con cristiana caridad aspiramos a comprender y
respetamos. Para nosotros, la raza constituye nuestro sello personal
indefinible e inconfundible.
Para nosotros, los latinos, la raza
es un estilo. Un estilo de vida que nos enseña a saber vivir practicando el
bien y saber morir con dignidad.
Nuestro homenaje a la madre España
constituye también una adhesión a la cultura occidental.
Porque España aportó al Occidente la
más valiosa de las contribuciones: el descubrimiento y la colonización de un
nuevo mundo ganado para la causa de la cultura occidental.
Su obra civilizadora cumplida en
tierras de América no tiene parangón en la historia. Es única en el mundo.
Constituye su más calificado blasón y es la mejor ejecutoria de la raza, porque
toda la obra civilizadora es un rosario de heroísmos, de sacrificios y de
ejemplares renunciamientos.
Su empresa tuvo el signo de una
auténtica misión. Ella vio a las Indias, ávida de ganancias y dispuesta a
volver la espalda y marcharse una vez exprimido y saboreado el fruto. Llegaba
para que fuera cumplida y hermosa realidad el mandato póstumo de la reina
Isabel de «atraer a los pueblos de Indias y convertirlos al servicio de Dios».
Traía para ellos la buena nueva de la verdad revelada, expresada en el idioma
más hermoso de la tierra. Venía para que esos pueblos se organizaran bajo el
imperio del derecho y vivieran pacíficamente. No aspiraba a destruir al indio
sino a ganarlo para la fe y dignificarlo como ser humano...
Era un puñado de héroes, de soñadores
desbordantes de fe. Venían a enfrentar a lo desconocido, a luchar en un mundo
lleno de peligros, donde la muerte aguardaba el paso del conquistador en el
escenario de una tierra inmensa, misteriosa, ignorada y hostil.
Nada los detuvo en su empresa, ni la
sed, ni el hambre, ni las epidemias que asolaban sus huestes; ni el desierto
con su monótono desamparo, ni la montaña que les cerraba el paso, ni la selva
con sus mil especies de oscuras y desconocidas muertes. A todo se
sobrepusieron. Y es ahí, precisamente, en los momentos más difíciles, en los
que se los ve más grandes, serenamente dueños de sí mismos, más conscientes de
su destino, porque en ellos parecía haberse hecho alma y figura la verdad
irrefutable de que «es el fuerte el que crea los acontecimientos y el débil el
que sufre la suerte que le impone el destino». Pero en los conquistadores
pareciera que el destino era trazado por el impulso de su férrea voluntad.
América: empresa de héroes
Como no podía ocurrir de otra manera,
su empresa fue desprestigiada por sus enemigos, y su epopeya objeto de
escarnio, pasto de la intriga y blanco de la calumnia, juzgándose con criterio
de mercaderes lo que había sido una empresa de héroes. Todas las armas fueron
probadas, se recurrió a la mentira, se tergiversó cuanto se había hecho, se
tejió en torno suyo una leyenda plagada de infundios y se la propaló a los
cuatro vientos.
Y todo, con un propósito avieso.
Porque la difusión de la leyenda negra, que ha pulverizado la crítica histórica
seria y desapasionada, interesaba doblemente a los aprovechados detractores.
Por una parte, les servía para echar un baldón a la cultura heredada por la
comunidad de los pueblos hermanos que constituimos Hispanoamérica. Por la otra
procuraba fomentar así, en nosotros, una inferioridad espiritual propicia a sus
fines imperialistas, cuyos asalariados y encumbradísimos voceros repetían, por
encargo, el ominoso estribillo cuya remunerada difusión corría por cuenta de
los llamados órganos de información nacional. Este estribillo ha sido el de
nuestra incapacidad para manejar nuestra economía e intereses, y la
conveniencia de que nos dirigieran administradores de otra cultura y de otra
raza. Doble agravio se nos infería; aparte de ser una mentira, una indignidad y
una ofensa a nuestro decoro de pueblos soberanos y libres.
España, nuevo Prometeo fue, así,
amarrada durante siglos a la roca de la historia. Pero lo que no se pudo hacer
fue silenciar su obra, ni disminuir la magnitud de su empresa que ha quedado
como magnífico aporte a la cultura occidental.
Allí están como prueba fehaciente la
cúpula de las iglesias asomando en las ciudades fundadas por ella; allí sus
leyes de Indias, modelo de ecuanimidad, sabiduría y justicia; sus
universidades; su preocupación por la cultura, porque
convine —según
se lee en la Nueva Recopilación—
que nuestros vasallos, súbditos y naturales,
tengan en los reinos de Indias universidades y estudios generales donde sean
instruidos y graduados en todas ciencias y facultades, y por el mucho amor y
voluntad que tenemos de honrar y favorecer a los de nuestras Indias y desterrar
de ellas las tinieblas de la ignorancia y del error, se crean universidades
gozando los que fueren graduados en ellas de las libertades y franquezas de que
gozan en estos reinos los que se gradúan en Salamanca.
Su celo por difundir la verdad
revelada porque —como
también
dice la Nueva Recopilación—
teniéndonos por más obligados que ningún otro
príncipe del mundo a procurar el servicio de Dios y la gloria de su santo
nombre y emplear todas las fuerzas y el poder que nos ha dado, en trabajar para
que sea conocido y adorado en todo el mundo por verdadero Dios como lo es,
felizmente hemos conseguido traer el gremio de la Santa Iglesia Católica las
innumerables gentes y naciones que habitan las Indias occidentales, isla y
tierra firme del mar océano.
España levantó templos, edificó
universidades, difundió la cultura, formó hombres, e hizo mucho más; fundió y
confundió su sangre con América y signó a sus hijas con sello que las hace, si
bien, distintas a la madre en su forma y apariencias, iguales a ella en su
esencia y naturaleza. Incorporó a la suya la expresión de aporte fuerte y
desbordante de vida que remozaba a la cultura occidental con el ímpetu de una
energía nueva. Y si bien hubo yerros, no olvidemos que esa empresa cuyo
cometido la Antigüedad clásica hubiera discernido a los dioses, fue aquí
cumplida por hombres, por un puñado de hombres que no eran dioses aunque los
impulsara, es cierto, el soplo divino de una fe que los hacía creados a imagen
y semejanza de Dios.
España rediviva en el criollo Quijote
Son hombres y mujeres de esa raza los
que en heroica comunión rechazan, en 1806, al extranjero invasor, y el hidalgo
jefe que ha obtenido la victoria amenaza con «pena de la vida al que los
insulte». Es gajo de ese tronco el pueblo que en mayo de 1810 asume la
revolución recién nacida; es sangre de esa sangre la que vence gloriosamente en
Tucumán y Salta y cae con honor en Vilcapugio y Ayohuma; es la que anima el corazón
de los montoneros; es la que bulle en el espíritu levantisco e indómito de los
caudillos; es la que enciende a los hombres que en 1816 proclaman a la faz del
mundo nuestra independencia política; es la que agitada corre por las venas de
esa raza de titanes que cruzan las ásperas y desoladas montañas de los Andes,
conducidas por un héroe en una marcha que tiene la majestad de un friso griego;
es la que ordena a los hombres que forjaron la unidad nacional, y la que
alienta a los que organizaron la República; es la que se derramó generosamente
cuantas veces fue necesario para defender la soberanía y la dignidad del país;
es la misma que moviera al pueblo a reaccionar sin jactancia pero con
irreducible firmeza cuando cualquiera osó inmiscuirse en asuntos que no le
incumbían y que correspondía solamente a la nación resolverlos; de esa raza es
el pueblo que lanzó su anatema a quienes no fueron celosos custodios de su
soberanía, y con razón, porque sabe, y la verdad lo asiste, que cuando un
Estado no es dueño de sus actos, de sus decisiones, de su futuro y de su
destino, la vida no vale la pena de ser allí vivida; de esa raza es ese pueblo,
este pueblo nuestro, sangre de nuestra sangre y carne de nuestra carne, heroico
y abnegado pueblo, virtuoso y digno, altivo sin alardes y lleno de intuitiva
sabiduría, que pacífico y laborioso en su diaria jornada se juega sin alardes
la vida con naturalidad de soldado, cuando una causa noble así lo requiere, y
lo hace con generosidad de Quijote, ya desde el anónimo y oscuro foso de una
trinchera o asumiendo en defensa de sus ideales el papel de primer protagonista
en el escenario turbulento de las calles de una ciudad.
Señores: la historia, la religión y
el idioma nos sitúan en el mapa de la cultura occidental y latina, a través de
su vertiente hispánica, en la que el heroísmo y la nobleza, el ascetismo y la
espiritualidad, alcanzan sus más sublimes proporciones. El Día de la Raza,
instituido por el presidente Irigoyen, perpetúa en magníficos términos el
sentido de esta filiación
La España descubridora y conquistadora —dice
el decreto— volcó sobre el
continente enigmático y magnífico
el valor de sus guerreros, el denuedo de sus exploradores, la fe de sus
sacerdotes, el preceptismo de sus sabios, las labores de sus menestrales; y con
la aleación de todos estos factores, obró el milagro de conquistar para la
civilización la inmensa heredad en que hoy florecen las naciones a las cuales
ha dado, con la levadura de su sangre y con la armonía de su lengua, una
herencia inmortal que debemos de afirmar y de mantener con jubiloso
reconocimiento.
Porvenir enraizado en el pasado
Si la América española olvidara la
tradición que enriquece su alma, rompiera sus vínculos con la latinidad, se
evadiera del cuadro humanista que le demarca el catolicismo y negara a España,
quedaría instantáneamente baldía de coherencia y sus ideas carecerían de
validez. Ya lo dijo Menéndez y Pelayo: «Donde no se conserva piadosamente la
herencia de lo pasado, pobre o rica, grande o pequeña, no esperemos que brote un
pensamiento original, ni una idea dominadora». Y situado en los antípodas de su
pensamiento, Renán afirmó que «el verdadero hombre de progreso es el que tiene
los pies enraizados en el pasado».
El sentido misional de la cultura
hispánica, que catequistas y guerreros introdujeron en la geografía espiritual
del Nuevo Mundo, es valor incorporado y absorbido por nuestra cultura, lo que
ha suscitado una comunidad de ideas e ideales, valores y creencias, a la que
debemos preservar de cuantos elementos exóticos pretendan mancillarla.
Comprender esta imposición del destino es el primordial deber de aquellos a
quienes la voluntad pública o el prestigio de sus labores intelectuales les
habilita para influir en el proceso mental de las muchedumbres. Por mi parte,
me he esforzado en resguardar las formas típicas de la cultura a que
pertenecemos, trazándome un plan de acción del que pude decir —el 24 de noviembre de 1944— que «tiende, ante todo, a cambiar la concepción materialista de la vida por una
exaltación
de los valores espirituales».
Precisamente esa oposición, esa
contraposición entre materialismo y espiritualidad constituye la ciencia
del Quijote. O más propiamente representa la exaltación del
idealismo, refrenado por la realidad del sentido común.
De ahí la universalidad de Cervantes,
a quien, sin embargo, es preciso identificar como genio auténticamente español,
que no puede concebirse como no sea en España.
Esta solemne sesión, que la Academia
Argentina de Letras ha querido poner bajo la advocación del genio máximo del
idioma en el IV Centenario de su nacimiento, traduce —a mi modo de ver— la decidida voluntad argentina de
reencontrar las rutas tradicionales en las que la concepción del mundo y de la persona humana,
se origina en la honda espiritualidad grecolatina y en la ascética grandeza
ibérica y cristiana.
Para participar en este acto, he
preferido traer, antes que una exposición académica sobre la inmortal figura de
Cervantes, su palpitación humana, su honda vivencia espiritual y su suprema
gracia hispánica. En su vida y en su obra personifica la más alta expresión de
las virtudes que nos incumbe resguardar.
Entraña popular cervantina
En Cervantes cabe señalar, en primer
término, la extraordinaria maestría con que subordina todo aparato erudito a la
llaneza de la exposición, extraída de la auténtica veta del pueblo, en los
aforismos, sentencias y giros propios del ingenio popular. Ningún autor ha
penetrado de manera más natural y expresiva en la entraña popular, en el río
pintoresco en que bogan, como bajeles de mil colores, las esperanzas, angustias
y emociones de los humildes. Esta ausencia de complicación, este deliberado
acento familiar con que el genio cervantino traza su prosa, no quiere decir, ni
mucho menos, que adolezca de plebeyismo o de pobreza. Por el contrario, es fina
y magistral, exhibiendo una riqueza tal de vocablos, que cabe deducir cuán
hondos y variados son los matices del habla popular y hasta qué punto es viva y
expresiva la facundia del pueblo.
Ya en su primera obra —La Galatea— Cervantes pone de manifiesto la
sencillez de su estilo, que cobra naturalidad en las costumbres simples y puras
de la vida pastoril a la que pinta con tan noble emoción, que no puede dudarse de la íntima solidaridad que le une a rústicos y desheredados. Don Quijote,
dirigiéndose a Sancho, ofrece elocuente testimonio:
Quiero que aquí a mi lado y en compañía desta buena
gente te sientes, y que seas una mesma cosa conmigo, que soy tu amo y natural
señor; que comas en mi plato y bebas por donde yo bebiere; porque de la
caballería andante se puede decir lo mesmo que del amor se dice: que todas las
cosas iguala.
La perennidad del Quijote,
su universalidad, reside, esencialmente, en esta comprensión de los humildes,
en esta forma de sentir la ardiente comunidad de todos los seres, que trabajan
y cantan entre las rubias espigas de la Creación. Ese amor a los humildes que
sintió Cervantes, ese mismo afán de compenetración, ese deseo metafórico de
comer en el mismo plato, me ha llevado a decir en otra ocasión que el canto de
los braceros, de esos centenares de miles de trabajadores anónimos y
esforzados, de los que nadie se había acordado hasta ayer, puebla en estos
momentos la tierra redimida. Legislamos para todos los argentinos, porque
nuestra realidad social es tan indivisible como nuestra realidad geográfica.
Conciencia social de Cervantes
Cervantes demostró profunda
conciencia social en todos los actos de su vida. Cuando se desarrolló la
batalla naval de Lepanto, no obstante hallarse enfermo y con calentura, quiso
correr la suerte de sus camaradas y participar en la lucha, porque «más vale
pelear en servicio de Dios e de Su Majestad, e morir por ellos, que no baxarme
so cubierta». Más tarde, cautivo en Argel, junto con 25.000 cristianos que
pagaban así su delito de amar a la patria y de sentir la fe, el glorioso manco
de Lepanto padeció más que su propio dolor físico y espiritual, la incesante
tortura de ver aherrojados a sus compañeros de esclavitud y de ver perseguida,
aborrecida y negada a la religión en la que había depositado toda la confianza
de su corazón. En sus propias palabras lo dice: «Ninguna cosa fatigaba tanto
como oír y ver a cada paso las jamás vistas ni oídas crueldades que mi amo
usaba con los cristianos».
No obstante tan admirables
sentimientos, no siempre obtuvo el estímulo de la reciprocidad. Su vida fue
triste, estrecha, dolorosa. Como pasa siempre, hasta la gloria más singular y
la pureza más nítida tienen sus detractores. Aún muchos años después de haber
entrado a la inmortalidad, se le siguió acusando de fallas, defectos y vicios,
no faltó quien, en el Diario de Madrid, adujera en 1788 que
«depravó, corrompió y estragó el estilo y la gracia del manuscrito».
Felizmente, Cervantes, con genial previsión, se adelantó a sus detractores; en
su obra póstuma, Persiles y Sigismunda, estampó estas sabias
reflexiones aplicables a todos los tiempos y lugares, y especialmente a cuantos
compatriotas se empecinan en difamar a no importa quién:
Los satíricos, los maldicientes, los
malintencionados, son desterrados y echados de sus casas, sin honra y con
vituperio, sin que les quede otra alabanza que llamarse agudos sobre bellacos,
y bellacos sobre agudos, y es como lo que suele decirse: la traición contenta,
pero el traidor enfada.
La posteridad, que desdeña los
inventos de quienes odian todas las muestras de la grandeza, ha hecho a
Cervantes la justicia que él esperaba con profética certidumbre. En efecto, en
el escudo que exhibe la edición primitiva del Quijote, Cervantes
grabó el conmovedor versículo de Job: «Post tenebras spero lucem». No puede suponerse mera elección de esta
leyenda. El inmortal alcalaíno fue, dramáticamente, y de una manera tan
lacerante que duele el alma el solo pensarlo, el prototipo del caballero
católico, de raíz hispánica, que se sumerge en el diálogo metafísico con la
propia Divinidad, movido por la angustia de arrancar sus secretos al infinito.
Llevado por el fuerte poder creador de lo español, Cervantes se tortura en el
intento de descifrar todos los misterios de la vida y de la muerte, del
espíritu y de la inmortalidad. Su indómita inteligencia no puede resignarse al
acatamiento sumiso de los dictados teológicos y quiere —como Job— «venir a razones con la Divinidad». Urgido por la tremenda necesidad de
saberlo todo, levanta su alma a Dios, con delicada humildad, pero dispuesto a
interrogar, a hurgar, a saber, pues le atormenta la idea de que acaso su
certeza resulte insuficiente y no sea debidamente viva su pasión. Por eso, en
la edición primigenia del Quijote, Cervantes se ampara en la
dolorosa figura bíblica y se conforta con la desgarradora certeza de que, más
allá de las tinieblas, lo espera la luz...
Toda la obra cervantina está
penetrada de este latido inmaterial, de esta como niebla desvaída, en que las
cosas se van desdibujando y, no obstante, precisando, porque tal es la magia de
la eternidad. Cervantes tiene la plenitud y la hondura de lo inefable. Ortega y
Gasset lo dice:
He aquí una plenitud española. He aquí una palabra
que en toda ocasión podemos blandir como si fuera una lanza. Si supiéramos con
evidencia de qué consiste el estilo de Cervantes, la manera cervantina de
acercarse a las cosas, lo tendríamos todo logrado. Porque en estas cimas
espirituales reina inquebrantable solidaridad y un estilo poético lleva consigo
una filosofía y una moral, una ciencia y una política.
¿No estará todo dicho, por el propio
Cervantes, cuando pone en labios de Marcela, estas palabras maravillosas:
«Tienen mis deseos por término estas montañas y si de aquí salen, es a
contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma a su morada
primera»?
Inteligencia y milicia
Aquí podría terminar el somero viaje
cervantino, con que me quise adherir a la solemne celebración del más grande de
los escritores castellanos. Pero antes quiero detenerme siquiera sea por unos instantes,
en el inmortal Discurso de las armas y de las letras, que Cervantes
confía a la minuciosa elocuencia de don Quijote. Cuando el 10 de julio de 1944,
cúpome la honra de inaugurar la cátedra de Defensa Nacional en la Universidad
de La Plata, me propuse destacar el sutil enlace que existe entre la
inteligencia y las armas, aduciendo:
No es suficiente que los integrantes de las fuerzas
armadas nos esforcemos en preparar el instrumento de lucha, en estudiar y
preparar la guerra; es también necesario que todas las inteligencias de la
Nación, cada una en el aspecto que interesa a sus actividades, se esfuerce
también en conocerla, estudiarla y comprenderla.
Aquel pensamiento cervantino disgustó
a algunas inteligencias que se proclaman fieles a Cervantes. Sin embargo, el
inmortal complutense aboga por la principalísima importancia que tiene el
espíritu en el ejercicio de las armas impugnando a quienes sostienen lo
contrario,
como si en esto que llamamos armas los que las
profesamos, no se encerrasen los actos de la fortaleza, los cuales piden para
ejecutallos mucho entendimiento, o como si no trabajase el ánimo del guerrero,
que tiene a su cargo un ejército o la defensa de una ciudad sitiada, así con el
espíritu como con el cuerpo.
El Discurso de las armas y de
las letras es una de las piezas literarias más acertadas y hermosas
que ha producido el ingenio humano. El soldado, con toda la fuerza de
renunciamiento que le impone el implacable deber, aparece proyectado en esa
atmósfera translúcida e insensible en que la propia vida pierde toda
significación. Así, sabedor que el enemigo está minando la parte en que él
mismo se encuentra, no le queda otra alternativa que dar aviso al capitán «y él
estarse quedo, temiendo y esperando cuando improvisadamente ha de subir a las
nubes sin alas y bajar al profundo sin su voluntad». Así, también, el marinero,
que en la lucha con galera enemiga, «apenas uno ha caído donde no se podrá
levantar hasta la fin del mundo, otro ocupa su mesmo lugar, y si éste también
cae en el mar, que como a enemigo le aguarda, otro y otro le sucede, sin dar
tiempo al tiempo de sus muertes».
En el Discurso, Cervantes
proporciona la imagen del héroe, en el gesto perenne de la heroicidad: esa
plenitud de lo corporal y lo espiritual, en una amalgama tan indivisa y
fluyente, que lo físico se hace etéreo y el puro valor anímico se torna
irrealidad. Es el heroísmo que no teme a la muerte porque ama a la
inmortalidad.
En el héroe cervantino está sumergido
y latente el ideal hispánico —ascético, estoico, acaso resignado—, en el que se abre la flor de la
caballería
y se amasan los héroes
y los santos. Ya lo dijo Cervantes: «El soldado más bien parece muerto en la batalla que libre en la
fuga».
Según acabamos de ver, hay una
concepción del mundo y del lugar que el hombre ocupa como sujeto de la
eternidad, que es típica de la cultura occidental y cristiana. En el ámbito de
ese orbe espiritual, que es el más puro y elevado que han dado los siglos,
España y el hispanismo representan la más prodigiosa acumulación de incitaciones
ideales. Toda fecundidad está ingrávida en su arco y sus flechas abren esa
multiplicidad de destinos, en que consiste, precisamente, la universalidad de
lo español. Weber ha dicho, con notable acierto, que «lo universal se hace
concreto en cada lugar». No es otro el misterio y la magia de Cervantes. Lo que
don Quijote tiene de español, de auténtico, de aferrado a lo suyo, es lo que le
brinda esa universalidad que le permite cabalgar por todos los caminos. «Don
Quijote y Sancho poseen el mundo», ha dicho con acierto un notable cervantista
inglés.
Por esto, hablar de Cervantes o de
España, es meditar alrededor de un único tema. Tema que es tan nuestro como de
España, porque es de cuantos suspiran por cosas eternas, adheridos al magro
terrón de su tierra única y de su pueblo diferente. Madariaga ha dado una
hermosa explicación de esta dualidad:
Esta universalidad de don Quijote se debe —escribió—
no a su españolidad precisamente, sino a lo profundo del nivel a
que Cervantes llega en su percepción y creación de
esta españolidad. Porque lo universal no se alcanza generalizando, es decir
extendiéndose a derecha e izquierda para ampliar el área de la observación,
sino ahondando en lo único.
o, podríamos completar nosotros,
«elevándose hasta lo infinito».
La revolución y las almas
No improviso, por cierto, al
proclamar en este acto mi profunda adhesión a los valores espirituales, que nos
viene en la tradición hispánica. En esto, como en tantas otras cosas, la unidad
de mi pensamiento ha permanecido inalterable.
Desde los balcones de la Casa de
Gobierno, el 8 de junio de 1944, en homenaje a la patria, que surgió del genio
y de la sangre de España, proclamé la necesidad de que la Revolución llegue a
las almas, porque en este país, donde la naturaleza, con toda prodigalidad, ha
derrochado a manos llenas la riqueza material, deberíamos dar todos los días
gracias a Dios por sus dones maravillosos; pero esa riqueza no es todo, sino
que es necesario tender también hacia la riqueza espiritual, hacia eso que
constituyen los únicos valores eternos y que son los que unirán, si es
necesario, a los argentinos en defensa de la patria, a costa de cualquier
sacrificio. Cervantes —prototipo
del español— siente, por encima de todo, el amor
a España.
Ni los sufrimientos corporales que le agobian en los campos de batalla, ni los
grandes combates navales del Imperio o en las mazmorras de Argel; ni la
pesadumbre moral que le causa el olvido en que le tienen los jefes a quienes ha
servido; ni la desesperación que le produce el no poder trasladarse a América
ni el rigor de las prisiones llegan a quebrar la exaltada adoración que siente
por España, con este patriotismo a la vez lírico y heroico que sus páginas
encierran o que sigilosamente anima el espíritu de sus obras.
Grandeza de España
Feliz es el pueblo cuyos prosistas y
poetas, clérigos y soldados, nobles y plebeyos, artistas y artesanos, viven
enamorados de las bellezas de su tierra. La literatura española está impregnada
de lo que puede llamarse amor geográfico. Los ríos, las mares, los
valles y las montañas son caudal abundante de emoción patriótica. En la Crónica
General, de Alfonso el Sabio, el elogio alcanza tonos de digna y majestuosa
belleza:
Esta España que dezimos, tal es como el Paraíso de
Dios, que riégase con cinco ríos caudales y cada uno de ellos tiene entre sí y
el otro grandes montañas y tierras; y los valles y los llanos son grandes y
anchos, y por la bondad de la tierra y el humor de ríos llevan muchos frutos y
son ahondados.
España, la mayor parte ella se riega de arroyos y
de fuentes, y nunca faltan pozos en cada lugar donde los ha menester.
España es ahondada de mieses, deleitosa de frutas,
viciosa de pescados, sabrosa de leche y de todas las cosas que de ella hacen;
llena de venados y de caza, cubierta de ganados, lozana de caballos, provechosa
de mulos, segura y bastida de castillos; alegre por buenos vinos, holgada de
ahondamiento de pan; rica de metales de plomo, de estaño, de argent vivo, de
fierro, de arambre, de plata, de otro, de piedras preciosas, de toda manera de
piedra mármol; de sales de mar y de salinas de tierra y de sal en peña y de
otros mineros muchos azul, almagra, alumbre y otros muchos de cuantos se hallan
en otras tierras; briosa de sirgo y cuanto se face dél; dulce de miel y de
azúcar, alumbrada de cera, complida de olio; alegre de azafrán.
España sobre todas es ingeniosa, atrevida y mucho
esforzada, ligera de afán, leal al Señor, afincada en estudio, palaciana en
palabra, complida en todo bien, no hay tierra en el mundo que la semeje en
abundancia, ni se iguale ninguna a ella en fortaleza, y pocas hay en el mundo
tan grandes como ella.
España, sobre todas es adelantada en grandeza y más
que todas preciada por lealtad.
¡Ay, España! ¡No hay lengua ni ingenio que pueda
contar tu bien!
Esta prodigalidad de la naturaleza a
que se refiere el Rey Sabio hace que todo lo español se ofrezca en un
desbordamiento de pasión y excediendo los límites que son comunes a los pueblos
de otro origen. Quizá por esta grandiosidad y por esta fuerza pudo ser España,
sostiene un escritor contemporáneo,
escenario de grandes dramas históricos y produjo
hombres que correspondían a este escenario, exaltados, violentos, enamorados de
la aventura, sumisos a los Impulsos de la fe... Quizá en parte ninguna los
hombres, el paisaje y las piedras, han formado una plástica con un sentido tan
fuerte de unidad.
De ahí que sea tan absorbente,
profundo y total el sentimiento patriótico español. Los pueblos de la
hispanidad también constituimos una unidad y también vivimos dominados por la
pasión patriótica. Tenemos mucho en común que defender: unidad de origen,
unidad de cultura y unidad de destino. Vivimos hermanados por vínculos de
idioma, de religión, de cultura, de historia. Estas identidades deben
impulsarnos a una empresa universal, desbordando los límites geográficos que,
aislados, integre la verdadera unidad espiritual de los pueblos hispanos.
Pero nuestra empresa universal no
puede interpretarse como bélico sino como un afán pacifista. Como un afán de
que los valores humanos, los valores espirituales de cada hombre sean
respetados como criatura hija de Dios y hermana nuestra. Que no sienta ninguno
de los mortales la injusticia de verse preterido en los goces de la vida por no
haber nacido en un círculo de privilegiados que todo lo tienen; que no sienta
ningún ser humano la humillación de verse privado de los derechos inherentes a
su condición de criatura hecha a imagen y semejanza de Dios. De este sentido
primario de la justicia debe arrancar la paz del futuro.
América y España: identidad pacifista
Pero es un dicho conocido y cierto
que la paz hay que ganarla como la guerra y que el sacrificio de los ciudadanos
se requiere tanto para una situación como para la otra. A ese altísimo fin iba
encaminado el llamamiento que en fecha reciente dirigí a todos pueblos y el
ofrecimiento que hice, interpretando los deseos de mis conciudadanos en el
sentido de que
las fuerzas materiales y espirituales de la
Argentina se movilizan hoy para expresar ante el mundo la voluntad nacional de
servir a la humanidad en sus anhelos de paz interna e internacional»
colocándose «en la línea de ayuda que le sugiere el clamor universal».
La actitud de la Argentina en estos
graves momentos responde a su gloriosa trayectoria histórica y al pensamiento
inspirador de sus grandes estadistas, y quedó bien definida por mí en dos
conceptos fundamentales. Es uno, el requerimiento a la comprensión y a
la concordia mediante la exaltación del valor humano.
La labor para lograr la paz internacional —afirmé
en aquella ocasión y lo repito ahora—
debe realizarse sobre la base del abandono de ideologías
antagónicas y la creación
de una conciencia mundial de que el hombre está
sobre los sistemas y las ideologías, no siendo por
ello aceptable que se destruya la humanidad en holocausto de hegemonías de
derechas o de izquierdas.
Y es otro el respeto absoluto
a la soberanía de todas y cada una de las naciones. Mientras no se proceda
en esa forma, serán inútiles cuantos esfuerzos se haga para consolidar la paz
en la tierra. Si bien se mira, el desconocimiento de los dos conceptos
enunciados, es decir, el afán de hacer prevalecer en el mundo esta o aquella
ideología y el desprecio de unos pueblos hacia los derechos y las modalidades
de los otros, han sido la causa principal, si no la única, de los dos últimos
grandes conflictos bélicos, y pueden originar un tercero. Como no quiero verme
envuelto en tan grave responsabilidad, he proclamado el pacifismo y la
generosidad pretérita, presente y futura de la política argentina, pues
las generaciones, desde el día mismo que nació la
patria, así lo determinaron, y el respeto inalterable por todas las soberanías
nacionales, incluso las que forjara la espada luminosa de los arquetipos de la
nacionalidad, han sido una virtud inmodificable del espíritu argentino.
Paz y justicia social
Ahora bien, se equivocarán por
completo quienes piensen que la guerra o la paz son problemas de relación
exclusivamente externa. Pienso, contrariamente, y los hechos me dan la razón,
que se trata en esencia de un problema interno, ya que no habrá paz internacional
mientras cada nación no la haya conseguido para sí misma. El descontento, la
miseria, la desocupación, forman en cada país el clima necesario para la
empresa guerrera. Por eso, siempre que he hablado de paz he hablado también de
justicia social, y he señalado que «es demasiado duro el clima de la injusticia
para condenar al hombre vivir en él».
Sobre los temas internacionales, la
Argentina puede hablar fuerte, no sólo porque el desinterés y la objetividad de
sus opiniones se han hecho acreedores al respeto y al reconocimiento de los
demás pueblos —aunque
ello duela a los enemigos internos del gobierno, que mejor querrían ver a la patria postergada que
reconocer el éxito
de nuestra política
exterior—,
sino porque en la ayuda a las naciones ha adoptado una posición que, por
idealista, sería propio calificar en este día de quijotesca. La Argentina
contribuye también de esa manera al mantenimiento de la paz.
Argentina es libertad
No debo insistir en esta cuestión
porque mis palabras al respecto son muy recientes y han sido ampliamente
difundidas. Permitidme, sin embargo, que resuma mi posición reproduciendo estos
conceptos que deseo ver compartidos por todos los gobernantes del mundo:
Representamos una patria que vive, desde su origen,
los principios de la libertad. En la historia de la independencia de los
Estados, es la nuestra la firme voluntad de ser independientes y libres,
respetando la autodeterminación de los pueblos y creyendo que no podrá haber
jamás diferendos de cualquier naturaleza que no encuentren en los caminos del
derecho y la justicia el cauce para que la civilización no fracase.
Soldado por vocación y por profesión,
me enorgullezco al poner mi confianza en los métodos y en las instituciones
jurídicas, sin las cuales no hay posibilidad de convivencia civilizada. En lo
íntimo del alma que en el sentir de mis compañeros de armas, a quienes creo
interpretar, fielmente, está el convencimiento de que el Ejército Argentino,
más que ningún otro, tiene como única misión servir al derecho y a la justicia,
tanto en el orden nacional como en el internacional. Si los pueblos y sus
gobernantes ponen fe en la solución pacífica de sus conflictos, habremos
alcanzado la etapa dichosa en que, como ahora sucede en el ámbito nacional, las
armas sólo tendrán que actuar en lo internacional, para restablecer el imperio
de la justicia y del derecho conculcados.
Señores:
El mundo vive hoy una revolución,
quizá la más tremenda que ha conmovido a la humanidad. Espíritus avizores y
dotados de sensibilidad habían percibido hace ya muchos años y dado su voz de
alerta acerca del profundo cambio a operarse. Dentro de este hueco de tiempo,
dos guerras mundiales fueron no la causa de esos desequilibrios, sino parciales
manifestaciones del recóndito proceso que afloraba a la superficie y adoptaba
las más diversas formas. Trascendía a lo específicamente político y se
desbordaba en el campo de la economía, del derecho, del arte y de la ciencia
misma, para golpear con toda su fuerza en el ámbito de lo social.
Y esta universal convulsión
resquebrajaba todo un sistema de soporte a las relaciones sociales y atacaba
los fundamentos filosóficos y jurídicos del Estado burgués, reclamando su
perentoria substitución por otro más acorde con los anhelos de la humanidad. La
humanidad doliente desea un ordenamiento social, político, jurídico y económico
más acorde a las nuevas necesidades.
Muchas y muy variadas fueron las
causas que contribuyeron a acelerar este proceso dándole en algunos países un
tono sombrío y catastrófico. No fueron ajenas a él las clases rectoras, que por
tener la responsabilidad de la conducción, no podían desentenderse de los
acontecimientos, como desgraciadamente ocurrió.
Porque en presencia de la vasta
transformación que se operaba, optaron por desconocer la realidad, como si
fuese posible prescindir del medio y de los acontecimientos que nos rodean.
Transformación del mundo
Por trágica paradoja, las clases
conservadoras perdieron el instinto de conservación. Su anhelo vehemente de
retenerlo todo, su afán de no ceder una sola de las ventajas no les permitió
ver lo que era de manifiesta evidencia: que el querer conservarlo todo las
llevaría a perderlo todo. No comprendían que el saber adaptarse a la tremenda
transformación que sufría el mundo era un problema de vida o muerte: lo
conservador era, precisamente, ser revolucionario. ¡Pero no lo entendieron!...
No comprendían que todo un sistema se
había roto, y que lo viril, por consecuencia, era enfrentar los hechos nuevos y
los problemas que iban apareciendo, y darles solución. Pero prefirieron volver
las espaldas a la realidad o descargar el inútil arsenal de sus denuestos
contra los hombres que a su juicio eran los causantes de tales cambios. No
advirtieron que la causa de las convulsiones sociales no estaba en los hombres que
las promovían o en las masas que a éstos acompañaban, sino en la injusticia
social que el antiguo régimen mantenía. Por esto, en su inconsciente razonar
han calificado de demagogos a cuantos, conocedores de la injusta desigualdad
social y de las aspiraciones de las masas laboriosas, quisieron realizar la
transformación social por los caminos del orden y de la comprensión. Por esto,
en su insustancial verbosidad, injurian a los que a la postre habían venido a
salvarlos de una tragedia que ellos mismos estaban auspiciando con su actitud,
y de una catástrofe en la que serían los primeros decapitados —y esto, no por cierto, en sentido
metafórico.
El fenómeno ha sido universal y por
supuesto nosotros tampoco escapamos a esta abdicación de los deberes propios de
las clases rectoras.
Dentro de este proceso histórico,
otros movimientos que, inclusive, habían sonado con la revolución se sintieron
desbordados o amedrentados por la revolución que se producía en la vida real.
Viose así, al socialismo, por
ejemplo, ser superado en el planteo de los problemas, y fue dado presenciar
cómo sus corifeos recorrían vanamente los archivos de la literatura marxista
sin encontrar soluciones adecuadas.
Ellos confundían la revolución y lo
revolucionario con lo extravagante. Hacían de la revolución un problema de
vestuario. Ajenos al país y a su sensibilidad negaban el pasado, se mofaban de
la patria y de la bandera considerándolos conceptos anacrónicos, sin advertir
que lo único pasado de moda era su incomprensión de los verdaderos problemas
del trabajador.
Cuando vieron que la revolución que
soñaban dejaba de ser un sueño; cuando se enteraron de que en otros países las
banderas quedaban rojas a fuerza de la sangre que la revolución vertía, se
convirtieron en hormiguitas prácticas, refugiándose en sus celdas para
disfrutar pacífica y alegremente de la cosecha recogida en la primavera de la
burguesía.
Resurrección del Quijote
Mientras unos soñaban y otros seguían
amodorrados en su incredulidad, fue gestándose la tremenda subversión social
que hoy vivimos y se preparó la crisis de las estructuras políticas
tradicionales. La revolución social de Eurasia ha ido extendiéndose hacia
Occidente, y los cimientos de los países latinos del Oeste europeo crujen ante
la proximidad de mancos carros de guerra. Por los Andes asoman su cabeza
pretendidos profetas a sueldo de un mundo que abomina de nuestra civilización y
otra trágica paradoja parece cernirse sobre América al oírse voces que con la
excusa de defender los principios de la democracia (aunque en el fondo quieren
proteger los privilegios del capitalismo), permitan el entronizamiento de una
nueva y sangrienta tiranía.
Como miembros de la comunidad
occidental no podernos substraernos a un problema que, de no resolverlo con
acierto, puede derrumbar un patrimonio espiritual acumulado durante siglos.
Hoy, más que nunca, debe resucitar don Quijote y abrirse el sepulcro del Cid
Campeador.
·
(*) Academia Argentina de Letras,
Buenos Aires, 1947.